Liliana Felipe en el teatro Empire

Cuando la música recorre distintos caminos, es inevitable pensar en aquellos que hacen del arte, un acto de resistencia clara y en los que exponen en cada canción una semblanza de la historia y la memoria. Sin ser por eso densos, gomosos, casi apelmasados como los libros de historia mentida que comemos como bestias durante nuestra formación académica.
Liliana Felipe
Llegar a la simpleza del mensaje dentro de la complejidad comunicacional, es un proceso que lleva años de indagación, innumerables luchas y gigantes satisfacciones; la unidad entre lo que se quiere decir y lo que se entiende, es quizá el mayor punto en el cual trabajar.
Cuando se sienta al piano, cada una de las escenas pretendidas se recrean en la atmósfera que la contiene. Las historias, entonces, toman cuerpo y sangre… y las luchas cobran el sentido y la forma que en sueños tienen, se vuelven objetivas y urgentes.
El humor ha de ser un recurso a la hora de tocar temas tan delicados como recientes: la dictadura genocida y bruta que los pueblos latinoamericanos vivieron en las ultimas tres o cuatro decadas y todos sus derivados perversos. Insisto en esto: el humor como herramienta de abordaje de temas tan complejos como los intentos sistemáticos de exterminios de la constitución social, la fundación de la memoria emotiva, las estructuras sicológicas de los sujetos, la incertidumbre de no saber, el amor y sus odios; al fin y al cabo, cada una de los vaivenes de las personas.
Cuando se sienta al piano, todo se recrea. Pero no es solo el piano. La necesidad del cuerpo contenedor de la voz – recordemos a Da Vinci: “Alli donde hay voz, necesariamente hay un cuerpo” – y el escenario que no es sino la plataforma sólida que permite el delirio artístico. Todo parece un sueño, excepto el estar despierto y consciente.
Canciones que retratan el romanticismo de la compositora: “Te voy a arrancar los ojos como a una vaca; y me voy a hacer un licuado, pa’ que me veas desde el fondo, del fondo del vaso, pa’ que me veas. Licuados tus ojos, licuado tu amor. (…) Te voy a chupar todo el protoplasma, todo el protoplasma te voy a chupar. A ver que haces sin protoplasma a ver…” 


Liliana Felipe es mucho: compositora, cantante, pianista, actriz, mujer, cordobesa de mierda, anticlérica, comunistoide, puta, enóloga… Liliana Felipe es artista. De muchas cosas se la puede acusar, si es que alguien puede emitir juicio. De lo único que no se puede acusar a Liliana es de ser una mentirosa. Lo mínimo que se debe hacer es reconocer su siceridad artística y su entrega artística a esta sociedad tan despoblada de arte.

Su puesta no es una típica muestra de música; es mucho más complejo que eso… es una especie de teatro de los sentidos, un recreo para el disfrute pleno, un espacio para la satisfacción de nuestras apetencias. Gozo, placer, pereza, broncas, ironía; (las puestas de Liliana Felipe son complejas) metafísica, teatralidad, pantomima, lagunas diversas, solfeo, arrullos; quizá los terrenos a transitar sean dificiles de encaminar porque nos tocan las fibras, todas; fuego, alcoholes varios, cruces, forros y mucho sexo (del bueno) y otras grajeas.
La Iglesia Católica y sus mecanismos de control, el Estado y sus obsiciones de poder y no de gobernabilidad, la amnesia sistemática, el arte academisado y no sé qué otras porquerías van a venir a hacerla callar; pero la Felipe sabe demasiado, incluso sabe que aunque la callen muchos la van a escuchar. Todo encuentra espacio en cada puesta de Liliana.
Con la contradicción del ser Latinoamericano, con la dicotomía de ser argentina y mexicana, habiéndose casado y divorciado en el mismo momento, con la elegancia suficiente como para cantar sentada en un inodoro sin quedar desagradable; con la complejidad necesaria para mover el estrado más emocional de los convidados, que pocos artistas tienen, Liliana Felipe les crea espacio y sentido a esas peculiares formas que tenemos los humanos de vivir, yendo y viniendo entre el espanto y la carcajada desenfrenada.
Todo, más lo incalificable, lo que sólo se siente sintiendo, todo eso más aquello con la única simplicidad de un escenario, su cuerpo, su persona y su solito piano.
Y cada uno de los compañeros del suceso, subimos por un rato al escenario, a su piano, paseamos por su cuerpo y recorremos nuestra historia en clave musical.
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